
Irene Alcántara era una bruja buena (con una ristra de títulos muy pomposos) y Kristeva Kefta era su archienemiga. No tenían nada en común, excepto que todos los días coincidían en el cementerio y siempre se las apañaban para emborronar la línea que debería de haber entre ellas.
¿Puede un beso cambiar el curso de lo que está escrito?
Edith Halvorsen ha heredado la compañía de su padre y por fin se ha presentado en sociedad. Aunque todo parece ir bien (mejor que bien incluso), la vida no es tan sencilla y los «finales felices» solo funcionan en los cuentos de hadas.
En un mundo donde los prejuicios y el miedo a lo desconocido están a la orden del día, donde los príncipes azules apuñalan por la espalda y las princesas no necesitan ser rescatadas, Edith y Astrid tienen que encontrar el camino de vuelta; para ello deben enfrentarse a sus demonios más oscuros, -de sonrisas perfectas, de capuchas bañadas en sangre y de lazos irrompibles-, sin escudos ni corceles, si quieren hallar la libertad que tanto anhelan.
Aunque los héroes solo tienen cabida en los libros, no están solas. Pero un movimiento en falso puede ser su fin.


«A veces su mundo se reducía a la nada, a un sitio cuyos bordes se habían difuminado en medio de ninguna parte, en todas partes a la vez».
Carlota Cañizares se encuentra el borde del precipicio. La sociedad está podrida por culpa de los mal llamados nostálgicos y las cosas en su casa no pintan del todo bien.
No puede más. Se está asfixiando, nadie parece darse cuenta de lo que le pasa. Nada funciona como debería, nada la sostiene. Ni los abrazos de oso de sus padres ni las sonrisas torcidas de Maca. Nada. Está sola, completamente sola. No, no está sola. Mucho peor: se siente sola.
En medio de una revolución que no termina de comenzar, aferrada a la tinta que marca su brazo, su alma y su destino, agarra con las pocas fuerzas que le quedan (las suficientes, son las suficientes) su lápiz y su cuaderno para redibujar la realidad. Crea su propia realidad. Aquí, allí, ahora y mañana. En ninguna parte. En todas partes a la vez. Porque el mundo no cambia de la noche a la mañana, no por sí mismo y no por arte de magia, necesita un empujón. Uno de los grandes.
«A veces su sonrisa era su mundo».
Siempre te llevaré en mi corazón. No puede ser de otra manera. No contigo. No conmigo. Recordaré tus sonrisas. Recordaré tus chistes malos. Recordaré las noches en vela a tu lado, a pesar de los kilómetros que nos separaban. Recordaré este día.
Recordaré el día que decidí darnos un punto final.
Hoy ya no habrá un nosotros. Hoy seremos tú y yo.
Espero que la carta llegue a tus manos. Espero que sea mañana. Hoy (por fin) te digo adiós.
